Hay un placer culpable en tender la ropa de mi familia y dejar de estudiar. Aunque sé que esto también es trabajo, lo veo como un descanso, a veces, porque escucho o veo programas culturales mientras tanto, o a los comentaristas de deportes si no hallo algo mejor. Y no me quejo, al contrario, mi deber es y qué bueno que lo hago, ¡faltaba más!, pero escribo para entender qué siento ahora que, a diferencia de otros días, me enojé con mi pareja antes de iniciar la talacha. Y entonces recuerdo la época en que yo no hacía nada como buen, o mal, hijo de familia. ¿Influye la discusión en la manera en que siento este quehacer? Un poco, sigo considerándolo mi deber, pero lo hago con menos concentración, como cuando tienes que estudiar en verano y por las ventanas el pasto verde relumbra y las parejas pasan con shorts y playeras, listas a disfrutar de la tarde.
Los chocolates con arándanos sirven para minar la molestia. Y así, al tiempo que deshago una tortuga en mi boca, me dispongo a oír poesía con menos desgano al tender nuestros calcetines, blusas, vestidos, playeras y calzones.
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