Ya no soy niño, aunque me tiemblen las piernas algunas ocasiones y actúe irracionalmente con frecuencia. Del café al cabeceo, al potro de la silla atado, mis ojos van entre las letras: entrevistas a Octavio Paz que cotejo para su reedición. Me duelen ya la manos de aferrarme al asiento, esa borrosa patria de las pompas.
Yo no puedo ir a leer, el texto al que le traigo ganas, hasta que junte en una página las moscas que duermen en la tarde.
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